UN EJEMPLO DE INTEGRIDAD MORAL
José Antonio Encinas fue un hombre honrado. De una limpieza moral sin tacha. Por ejemplo, con una exactitud muy grande en el manejo del dinero, con desprendimiento para ayudar y generoso para proteger.
Siendo austero en sus gastos, se enteraba de un problema que sufriera una persona, o lo padeciera su pueblo, y ahí estaba presto él para socorrer.
Así, una vez se dañó el motor que proveía de luz eléctrica a Puno y no se tenía fondos para repararlo. Enterado del asunto inmediatamente giró de sus ahorros el dinero necesario para que se adquiriese la pieza que se había dañado. Hechos como éste constituían la rutina en su conducta.
Sin embargo, era muy escrupuloso con el dinero ajeno y principalmente con lo que correspondían a ser fondos públicos, considerando que este era un bien común, propiedad del Estado y del pueblo doliente y sufrido como es la situación que caracteriza al Perú.
A fin de graficar cómo era respetuoso y estricto en este aspecto, basta referir un hecho: Después de levantarse la clausura que pesaba sobre la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, fue a su casa el administrador con un fajo de papeles a decirle:
– Doctor, aquí están sus cheques para ser cobrados.
– ¿Cómo? –respondió él– si yo no he trabajado durante todo este tiempo.
El administrador le explicó que la partida estaba girada; y que ya todos los profesores y empleados habían cobrado. Entonces el concluyó:
– Sí, pero yo no lo haré. Sólo puedo cobrar cuando he trabajado.
Y ordenó:
– Devuélvase ese dinero al tesoro público.
Pero no sólo veía desde él, sino desde la perspectiva de la otra persona. Así: Logró recuperar una legítima propiedad que había sido usurpada a una persona, quien agradecida le propuso que por sus servicios repartieran esa propiedad y tomara la mitad del predio:
– De ninguna manera –le expresó–. Págueme únicamente mis servicios, para que usted mismo tenga paz, tranquilidad y no se sienta mal, Pero de ninguna manera yo aceptaré hacerme dueño de lo que es su heredad.
Cómo urge que en el Perú asumamos dichos valores, que además son nuestra herencia genética si consideramos el ancestro de nuestra cultura de gran exactitud y moral, dueña de un código de honor y conducta incorruptibles.